Tuesday, July 15, 2008

Historias bogota nas en el cuerpo de los auto res

El autor del relato “La entrevista de trabajo”, Dixon Moya, fue uno de los 80 ganadores del concurso del Fondo de Promoción de la Cultura de la Alcaldía Mayor de Bogotá. En estos días envió un correo-e con una buena reseña de lo que fue el lanzamiento del libro de ese concurso, “Bogotá por Bogotá”, en la Feria Internacional del Libro.
Le dije que quería compartir ese correo-e en Astrolabio-jsa, y amablemente Dixon aceptó.

Historias bogotanas
En la reciente Feria del Libro de Bogotá hubo, como cada año, muchos acontecimientos, conferencias con prestigiosos escritores, lanzamientos de libros de la más variada estirpe, actividades disímiles en torno a esa figura sacramental: el libro. Dentro de la diversa programación un evento pasó desapercibido, pero resultaba muy significativo pues era la culminación de un proceso de un largo año por lo cual y para lo cual es necesario hacer algo de memoria.
El Fondo de Promoción de la Cultura, en el marco de la celebración de “Bogotá, Capital Mundial del Libro” en el 2007, realizó una convocatoria a los bogotanos (sin excluir habitantes venidos de otras tierras, que son a la postre la mayoría) para escoger narraciones dignas de contar, con la condición de que fueran ciertas, no producto de la imaginación, pues no se trataba de un concurso de ficción literaria.
En ese orden de ideas y desorden de sensaciones el Fondo recibió cientos de historias. Un jurado conformado por Andrea Echeverri Jaramillo, Juan Luis Isaza Londoño y Ricardo Silva Romero se dieron a la tarea de seleccionar dentro de tantas verdades expuestas los textos reales que tuvieran el encanto de las mentiras bien contadas.
Al final salieron un poco más de ochenta historias, que serían publicadas en un libro financiado por el Fondo de Promoción de la Cultura de la Alcaldía Mayor de Bogotá.
Historias de las cuales recibimos noticias en un blog especial creado en El Tiempo.com, y que finalmente trascendieron a la radio, en un experimento de integración entre emisoras de radio de Colombia y el Reino Unido, gracias a la difusión del programa “Vasos Comunicantes” de la emisora de la Universidad Nacional de Colombia y el British Council.
Transcurrieron varios meses y se notaba la impaciencia y ansiedad de los autores de aquella obra colectiva. Se creó una red en la dimensión cibernética, tejida por correos electrónicos.
De alguna manera, en los mensajes que se enviaban por internet aparecían algunos de aquellos valores y anti-valores que integraron la antología. Para tranquilidad de unos y emoción contenida de otros, el Fondo informó sobre el lanzamiento del libro en plena Feria Internacional del Libro. Los autores nos encontraríamos, finalmente (no había comentado que el suscrito servidor fue uno de los escritores seleccionados).
En mi caso, al llegar al recinto ferial me confundí de salón, y durante media hora disfruté de un cóctel ajeno, pues alguien más despistado que yo me aseguró que el evento del Fondo de la Alcaldía Mayor seguiría después de finalizado el que estaba transcurriendo en aquel sitio. Pero no entro en detalles, porque eso daría para una nueva historia.
Luego de retomar el camino correcto e ingresar al salón en que se desarrollaba la sencilla ceremonia, experimenté una fuerte emoción al ver, palpar y comenzar a leer el libro que retoma estas historias, “Bogotá por Bogotá. La verdad y solamente la verdad”.
De igual forma, compartir con los demás autores, así como con los jurados y responsables de tan original idea, generó un sentimiento muy especial.
Sin saber sabiendo, allí estaban diversas historias bogotanas encarnadas en el cuerpo de autoras y autores, estábamos todas las historias, unas dulces, otras duras, unas tristes, otras cómicas, algunos nos saludamos con un buenas noches, al menos con un levantar repentino de cejas.
Esa noche, Bogotá se reencontraba en toda su plenitud, sus palabras se daban cita para estrechar sus múltiples manos. El acto terminó sin estridencias, cada historia salió con el orgullo un poco más alimentado, gracias al cariño de otras historias. En mi caso, salí sonriente, abrazado con la historia amada.
Después vendría la lectura del libro. Resulta un ejercicio saludable leer los textos de personas nacidas entre las décadas del treinta y del ochenta, cincuenta años que separan, unen, confluyen en la misma edición. Algunos con experiencia en el ejercicio de la escritura, otros para quienes su historia es la primera en ser editada, protagonistas y espectadores de una ciudad que se escribe en la memoria de sus habitantes.
Mujeres y hombres que transformaron en palabras una anécdota, una vivencia, algo que marcó tan profundamente sus vidas, el hito que le ganó la batalla a la amnesia progresiva.
Al final, queda la sensación de que se trata de un múltiple homenaje a la ciudad-madre que nos vio nacer, que nos crió, que nos ha dado estudio y trabajo. A la ciudad-madre que tanto criticamos, de la que nos vamos, pero a la cual siempre volvemos. La ciudad-madre, nuestro puerto particular. “Bogotá por Bogotá. La verdad y solamente la verdad”…, lo juro.
Dixon Moya
dixonmoya@yahoo.com

Digresión: Catalina Vargas, la coordinadora del concurso y de la publicación del libro, acaba de hacer llegar el siguiente correo-e:
Estimados escritores,
Primero, les agradezco a todos sus palabras de apoyo a raíz del lanzamiento de nuestro libro. La respuesta que hemos tenido es realmente motivadora. Segundo, les comento que me he dado cuenta que un pequeño porcentaje del tiraje tiene errores de impresión: si alguno de sus libros tiene páginas mal impresas, entiéndase que la caja de texto se sale literalmente de la hoja, no dude en pasar por el Museo para que se lo cambien. Eso sí, lleven el ejemplar averiado. Esto es todo.
Un saludo especial,
Catalina Vargas

Guy de Maupassant junto a un cadáver

Suele ocurrir cuando decimos Guy de Maupassant se entienda Bola de sebo y viceversa: cuando decimos Bola de sebo se entienda Guy de Maupassant. Y eso es todo. Quizás deba ser así, aunque este portentoso francés (1850-1893) fue más que eso: contemporáneo y amigo de Emile Zola y Gustav Flaubert, pupilo de éste, dice algo más, como el siguiente texto:

Junto a un muerto
Se moría poco a poco, como se mueren los tísicos. Todos los días lo veía sentarse a eso de las dos, bajo las ventanas del hotel, frente al mar, tranquilo, en un banco del paseo.
Permanecía algún tiempo inmóvil bajo el calor del sol, contemplando con ojos sombríos el Mediterráneo.
A veces dirigía una mirada hacia la alta montaña de cumbres brumosas que cierra el Mentón; luego, con un movimiento muy lento, cruzaba sus largas piernas, tan enflaquecidas que parecían dos huesos alrededor de los cuales flotaba el paño del pantalón, y abría un libro, siempre el mismo.
Entonces, sin variar de postura, leía, leía con los ojos y con el pensamiento: parecía que todo su pobre cuerpo desfalleciente leía, que su alma penetraba, se perdía, desaparecía en aquel libro hasta la hora en que el aire fresco lo hacía toser un poco. Entonces, levantándose, penetraba en el hotel.
Era un alemán alto, de barba rubia, que almorzaba y comía en su cuarto y no hablaba con nadie.
Una vaga curiosidad me atrajo hacia él. Un día me senté a su lado, teniendo yo también en la mano, por el bien parecer, un volumen de poesías de Musset.
Me puse a hojear Rolla.
De pronto mi compañero me preguntó en un francés muy correcto:
–¿Sabe usted alemán, caballero?
–Ni una palabra.
–Lo siento; porque, ya que la casualidad nos ha reunido, le hubiera prestado, le hubiera hecho fijarse en una cosa inestimable: este libro que aquí tengo.
–¿Qué libro es ése?
–Es un ejemplar de mi maestro Schopenhauer, anotado por él. Todas las márgenes, como puede usted ver, están cubiertas con su letra.
Cogí con respeto aquel libro y contemplé aquellos garabatos incomprensibles para mí, pero que revelaban el inmortal pensamiento del mayor destructor de sueños que ha pasado por el mundo.
Entonces los versos de Musset estallaron en mi memoria:
VOLTAIRE:
¿Duermes contento, y tu sonrisa horrible
envuelve aún tu rostro de ironía indecible?
Y comparé involuntariamente el sarcasmo infantil, el sarcasmo religioso de Voltaire con la irresistible ironía del filósofo alemán, cuya influencia es, a pesar de todo, imborrable.
Aunque muchos protesten, se enfaden, se indignen o se exalten, no hay duda de que Schopenhauer ha marcado a la humanidad con el sello de su desdén y de su desencanto.
Filósofo desengañado, ha derribado las creencias, las esperanzas, las poesías, las quimeras; ha destruido las aspiraciones, ha asolado la confianza de las almas, ha matado el amor, abatiendo el culto ideal de las mujeres, ha destrozado las ilusiones del corazón; realizó la obra más gigantesca de escepticismo que pudo intentarse. Todo lo ha aplastado con su burla. Hoy mismo, los que lo abominan llevan indudablemente, muy a pesar suyo, en sus ideas, reflejos de su pensamiento.
–¿Ha conocido usted en la intimidad a Schopenhauer –pregunté al alemán.
–Hasta su muerte, caballero –contestó sonriendo con profundo aire de tristeza.
Me habló de él, refiriéndome la impresión casi sobrenatural que causaba aquel ser extraño a cuantos a él se acercaban.
Me contó la entrevista del “viejo demoledor” con un político francés, republicano, el cual, queriendo ver a aquel hombre, le encontró en una cervecería tumultuosa, sentado entre sus discípulos, seco, arrugado, riendo con una risa inolvidable, mordiendo y desgarrando las ideas y las creencias con una sola palabra, como un perro que de un mordisco deshace los tisúes con que está jugando, y me repitió la frase de aquel francés, que al irse, enloquecido y azorado, exclamaba: “He creído pasar una hora con el diablo”.
Luego, añadió:
–En efecto, tenía una espantosa sonrisa que nos inspiró miedo hasta después de su muerte. Es una anécdota casi desconocida y que puedo contarle si le interesa.
Su voz cansada era interrumpida con frecuencia por los golpes de tos, mientras me refería lo siguiente:
–Schopenhauer acababa de morir, y convinimos que le velaríamos de dos en dos hasta la mañana siguiente.
“Estaba de cuerpo presente en una habitación, muy sencilla, amplia y sombría. Dos bujías ardían sobre la mesa de noche.
“El rostro no estaba desfigurado. Sonreía. Aquella arruga que conocíamos tan bien se marcaba en el extremo de sus labios; nos parecía que iba a abrir los ojos, a moverse, a hablar.
“Su pensamiento, o mejor dicho, sus pensamientos nos envolvían; nos sentíamos más que nunca en la atmósfera de su genio, invadidos, poseídos por él. Su dominio nos parecía más soberano a la hora de su muerte. Un misterio se mezclaba con el poder incomparable de aquel espíritu.
“El cuerpo de esos hombres desaparece, pero ellos quedan; y en la noche que sigue a la paralización de su corazón, le aseguro, caballero, que se ofrecen de un modo espantoso.
“Hablábamos bajo, siempre de él, recordando frases, fórmulas, aquellas sorprendentes máximas, semejantes a fulgores que iluminasen con algunas palabras las tinieblas de la vida ignorada.
“–Me parece que va a hablar –dijo mi camarada.
“Y miramos, con una inquietud rayana en miedo, aquel rostro inmóvil que no dejaba de sonreír.
“Poco a poco sentimos cierto malestar, opresión y aun desfallecimiento.
“–No sé lo que tengo, pero te aseguro que estoy malo –balbucí.
“Y entonces notamos que el cadáver olía mal.
“Mi compañero me propuso que nos trasladáramos al cuarto inmediato, dejando la puerta abierta; y yo acepté.
“Cogí una de las bujías que ardían en la mesa de noche, dejando allí la otra, y nos fuimos a sentar al otro extremo de la habitación de manera que pudiéramos ver desde nuestro sitio la cama y el muerto en plena luz.
“Pero nos obsesionaba de continuo; se hubiera dicho que su ser, inmaterial, libre, todopoderoso y dominante, rondaba en torno nuestro; y a veces, el infame olor del cuerpo descompuesto nos alcanzaba, nos penetraba, repugnante y vago.
“De pronto nos sentimos estremecidos hasta los huesos: un ruido, un leve ruido había salido del cuarto del muerto. Nuestras miradas se dirigieron hacia él y vimos, sí, señor, vimos perfectamente uno y otro una cosa blanca deslizándose por encima de la cama para caer en el suelo, sobre la alfombra, y desaparecer debajo de una butaca.
“De pronto nos pusimos de pie, sin saber que pensar, alocados por un terror estúpido, dispuestos a huir. Luego nos miramos el uno al otro. Estábamos horriblemente pálidos.
“El corazón nos latía con tal fuerza que se notaban sus latidos sobre nuestras levitas.
“Fui el primero en hablar.
“–¿Has visto?
“–Sí; he visto.
“–¿No está muerto?
“–Se halla en estado de putrefacción.
“–¿Qué vamos a hacer?
“Mi compañero, vacilante, dijo:
“–Hay que ir a verlo.
“Cogí nuestra bujía y entré delante, registrando con la mirada la extensa habitación de rincones oscuros. Nada se movía. Me acerqué a la cama. Pero permanecí sobrecogido de estupefacción, de espanto: ¡Schopenhauer ya no sonreía! Tenía un gesto horrible: la boca apretada, las mejillas profundamente hundidas.
“–¡No está muerto! –exclamé.
“Pero el olor espantoso que me llegaba a las narices me sofocaba. No me movía, mirándolo con fijeza, tan turbado como ante una aparición.
“Entonces mi compañero, cogiendo la otra bujía, se agachó. Luego me tocó en el brazo, sin decirme una palabra. Siguiendo su mirada, descubrí en el suelo, bajo la butaca, al lado de la cama, muy blanca, sobre la oscura alfombra, abierta como para morder, la dentadura postiza de Schopenhauer.
“El trabajo de la descomposición, que afloja las mandíbulas, la había hecho salirse de la boca.
“Aquel día tuve realmente miedo, caballero”.
Y como el sol se acercaba al mar resplandeciente, el alemán tísico se levantó y, después de saludarme, entró en el hotel

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¿Demoler… El Cam pín?

¿Cómo? ¿Quién dijo? ¿El Vicepresidente de la República de Colombia, dijo?
¿Echar por tierra el estadio de fútbol de la vieja Santafé de Bogotá, Nemesio Camacho “El Campín”?
El Campín me resulta tan familiar como la tienda de la esquina.
A tres cuadras de El Campín vivía mi mamá, que en paz descanse. Vivió allí hasta que un día se sintió mal, y nueve días después murió.
Ella, Cecilia, mi mamá, vivió ahí desde cuando el barrio se llamaba “Sears”. El nombre del barrio correspondía al nombre de uno de los primeros almacenes por departamentos, Sears.
Pero un día Sears tuvo dificultades financieras y retrajo sus negocios a territorio estadounidense. Se fue de Bogotá, y en el mismo sitio se edificó Galerías. Hoy, el barrio se llama “Galerías”.
A pesar de tener El Campín a pocos metros, no he ido sino una vez. Eso, porque nos invitó Salomón. Era un juego amistoso de la Selección Colombia con Alemania, creo.
No obstante, muchos fines de semana el barrio retumbó con el grito jubiloso de un gol. Literalmente, temblaba.
Era muy emocionante, aunque en ese momento estuviéramos haciendo visita con algunos amigos y conocidos, o viendo televisión.
No era emocionante, sin embargo, cuando salían los hinchas, inyectados de adrenalina y de odio. Muchos drogados y alcoholizados. Todos, desaforados, rompían las vitrinas de Sears, de Galerías, y lo hacían de pura emoción y rabia.
Sí, así suelen expresarse algunos sus emociones: con vandalismo…
Allí, en El Campín, han ocurrido las más apoteósicas gestas de paroxismo y frustración.
También, era un asunto de cuidado, dónde parquear, que fuera seguro y barato.
Muchos autos se esfumaron de los alrededores de El Campín mientras sus dueños vitoreaban a sus equipos favoritos.
Pero también evoca El Campín, ¡la fritanga!
Palanganas de chanchullo, bofe, longaniza y rellenas, adosadas con unos pollos obscenos, patas arriba, entre un colchón de papitas criollas.
La longaniza roja. El pollo amarillo. El bofe negro como la rellena.
Casetas, unas tras otras, rodeando con un cinturón de colesterol el estadio Nemesio Camacho “El Campín”.
Junto a las casetas ventas de gorras, camisetas y otras güifas.
¿Demoler El Campín?
¿Cómo?
¿Quién dijo eso?
¿Se le ocurrió a nuestro vicepresidente Francisco Santos?
Nooo…
¡Tiene huevo!

 

Monólogo del insumiso

Sí, sigo considerando al mexicano Juan José Arreola (1918–2001) uno de los grandes escritores latinoamericanos contemporáneos. Jorge Luis Borges elogió el “deleite del fluir de su imaginación”, y Octavio Paz su “prosa llena de poesía”. El que se presenta a continuación es un cuento corto lleno de una funeraria atmósfera que trasciende el velorio.

Monólogo del insumiso

Homenaje a M. A.
Poseí a la huérfana la noche misma en que velábamos a su padre a la luz parpadeante de los cirios. (¡Oh, si pudiera decir esto mismo con otras palabras!)
Como todo se sabe en este mundo, la cosa llegó a oídos del viejecillo que mira nuestro siglo a través de sus maliciosos quevedos. Me refiero a ese anciano señor que preside las letras mexicanas tocado con el gorro de dormir de los memorialistas, y que me vapuleó en plena calle con su enfurecido bastón, ante la ineficacia de la policía ciudadana. Recibí también una corrosiva lluvia de injurias proferidas con voz aguda y furiosa. Y todo gracias a que el incorrecto patriarca ¡el diablo se lo lleve! estaba enamorado de la dulce muchacha que desde ahora me aborrece.
¡Ay de mí! Ya me aborrece hasta la lavandera, a pesar de nuestros cándidos y dilatados amores. Y la bella confidente, a quien el decir popular señala como mi Dulcinea, no quiso oír ya las quejas del corazón doliente de su poeta. Creo que me desprecian hasta los perros.
Por fortuna, estas infames habladurías no pueden llegar hasta mi querido público. Yo canto para un auditorio compuesto de recatadas señoritas y de empolvados viejitos positivistas. A ellos la atroz especie no llega; están bien lejos del mundanal ruido. Para ellos sigo siendo el pálido joven que impreca a la divinidad en imperiosos tercetos y que restaña sus lágrimas con una blonda guedeja.
Estoy acribillado de deudas para con los críticos del futuro. Sólo puedo pagar con lo que tengo. Heredé un talego de imágenes gastadas. Pertenezco al género de los hijos pródigos que malgastan el dinero de los antepasados, pero que no pueden hacer fortuna con sus propias manos. Todas las cosas que se me han ocurrido las recibí enfundadas en una metáfora. Y a nadie le he podido contar la atroz aventura de mis noches de solitario, cuando el germen de Dios comienza a crecer de pronto en mi alma vacía.
Hay un diablo que me castiga poniéndome en ridículo. Él me dicta casi todo lo que escribo. Y mi pobre alma cancelada está ahogándose bajo el aluvión de las estrofas.
Sé muy bien que llevando una vida un poco más higiénica y racional podría llegar en buen estado al siglo venidero, donde una poesía nueva está aguardando a los que logren salvarse de este desastroso siglo XIX. Pero me siento condenado a repetirme y a repetir a los demás.
Ya me imagino mi papel para entonces y veo al joven crítico que me dice con su acostumbrada elegancia: “Usted, querido señor, un poco más atrás, si no le es molesto. Allí, entre los representantes de nuestro romanticismo”.
Y yo andaría con mi cabellera llena de telarañas, representando a los ochenta años las antiguas tendencias con poemas cada vez más cavernosos y más inoperantes. No señor. No me dirá usted “un poco más atrás por favor”. Me voy desde ahora. Es decir, prefiero quedarme aquí, en esta confortable tumba de romántico, reducido a mi papel de botón tronchado, de semilla aventada por el gélido soplo del escepticismo. Muchas gracias por sus buenas intenciones.
Ya llorarán por mí las señoritas vestidas de color de rosa, al pie de un ahuehuete centenario. Nunca faltará un carcamal positivista que celebre mis bravatas, ni un joven sardónico que comprenda mi secreto, y llore por mí una lágrima oculta.
La gloria, que amé a los dieciocho años, me parece a los veinticuatro algo así como una corona mortuoria que se pudre y apesta en la humedad de una fosa.
Verdaderamente, quisiera hacer algo diabólico, pero no se me ocurre nada.
Cuando menos, me gustaría que no sólo en mi cuarto, sino a través de toda la literatura mexicana, se extendiera un poco este olor de almendras amargas que exhala el licor que a la salud de ustedes, señoras y señores, me dispongo a beber
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Sydney Pollack, do cumentalista

Me entero de la muerte de Sydney Pollack. El coloso. Director, actor, productor. Director. Me vienen a la mente dos trabajos suyos. Sin duda, Tootsie. Muy comentada por el trasvestismo de Dustin Hoffman. Esa actuación le valió un Globo de Oro y la candidatura al Óscar.
Eso fue lo primero.
Sydney Pollack, con aspecto de professor universitario, dirigió La intérprete, Sketches of Frank Gehry, Random Hearst, Sabrina, The firm, Habana, Memorias de África, Tootsie, Ausencia de malicia, El jinete eléctrico, Bobby Deerfield, The Yakuza, Los tres días del Cóndor, Tal como éramos, Jeremiah Johnson, They shoot horses, don’t they?, Castle Keep, The swimmer, The sacalphunters, Propiedad condenada y The slender thread.
Con Memorias de África ganó el Óscar a la Mejor Película y Dirección en 1985. Actuaron Robert Redfordy Merryl Streep.
El segundo trabajo de Sydney Pollack que se me vino a la mente fue Sketches of Frank Gehry. O, Bocetos de Frank Gehry. O, Bosquejos de Frank Gehry.
El arquitecto Frank Gehry es el creador del Guggenheim Bilbao, en España.
Sus bosquejos son una sola línea que revolotea en todas direcciones, formando cuadrados de puntas romas, como estructuras de hielo. Las hace mientras quien lo contrata le dice qué es lo que quiere. Frank Gehry no hace más bocetos. Esos que garabateó delante del “cliente” reflejan lo que, después, se verá en la realidad volumétrica.
Lo que me encantó de esta película es que constituye toda una clase de qué es y cómo se hace un documental. La película de Frank Gehry es un documental. Un documental sobre Frank Gehry, el arquitecto de esa cosa monumental del modernismo que es Guggenheim Bilbao.
Entonces, Sydney Pollack, cámara en mano, una cámara pequeña, elemental, de principiante, es quien hace las entrevistas y las magníficas tomas. Y realizó este documental siendo un robusto Sydney Pollack reconocido en Hollywood. Y tal la calidad, sabiéndose el tema arquitectónico y los recursos técnicos de que se valió, que mereció atención especial en el Festival de Cannes.
Sydney Pollack, un hombre sencillo con su aspecto de profesor universitario… ¡Un genio!

Amenazas

–Te devoraré –dijo la pantera.
–Peor para ti –dijo la espada.

William Ospina

 

La mitología de Tirofijo

De un tiempo a esta parte he pensado que Pedro Antonio Marín, alias Manuel Marulanda Vélez, alias Tirofijo (foto), era en realidad un títere de los hambrientos tiburones encabezados por Guillermo Sáenz Vargas, alias Alfonso Cano.
En esa cúpula voraz y desbordada hay que contar otras joyas, como Jorge Suárez Briceño alias Mono Jojoy, el finado Luis Edgar Devia Silva alias Raúl Reyes, Milton de Jesús Toncel Redondo alias Joaquín Gómez, Henry Castellanos Garzón alias Romaña, Jhon Diego Ruíz Escudero alias Chómpiras, Luciano Marín Arango alias Iván Márquez, y Rodrigo Londoño Echeverri alias Timoteo Jiménez.
Esta percepción es independiente de la veracidad, o no, de la noticia según la cual Tirofijo está muerto, bajo tierra, o “en el infierno”, según el ministro de Defensa, Juan Manuel Santos.
Al principio, cuando era un preadolescente y en la casa escuchaba hablar de riqueza y pobreza, de abuso de autoridad y malos gobiernos, Tirofijo me parecía una leyenda. Nunca lo pregunté, ni siquiera su nombre verdadero que nadie sabía, pero daba por hecho que ya no existía. Que era de la mitología popular.
En esos años se ponía de relieve el origen de Tirofijo, como un prohombre que había tenido los cojones de oponerse a los latifundistas, y el reducto de campesinos que comandaba había sido casi exterminado en Marquetalia, El Pato, Guayabero y Río Chiquito.
En esa época se llamaban Autodefensas Campesinas, escindidas de las toldas del Partido Liberal. Esa incipiente organización habría de convertirse en guerrilla y bastión del comunismo ruso.
Recuerdo también que un día un escritor llamado Arturo Alape publicó un libro diminuto, físicamente, de pasta color verde, titulado “Las muertes de Tirofijo”. Corrí a comprarlo, obviamente.
Tirofijo se había convertido en una presa altamente apetecida por todos los comandantes del Ejército, de la Policía y varios políticos del liberalismo y el conservatismo.
Pero, en general, las que terminaron llamándose Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Farc, fueron vistas de una manera especial, muy distinta a la estremecedora presencia del Ejército de Liberación Nacional, ELN, Ejército Popular de Liberación, EPL y Movimiento 19 de Abril, M19.
Las Farc no tenían el mismo protagonismo. Y esto fue así por muchos años. Se sabía de ellas como una fuerza apoyada en los campos y en los campesinos, con estrategias de lucha territoriales, amenazantes para el resto del país como una ameba colosal.
El ruido lo hacían los otros, EPL, ELN y M19. Pero a medida que estos se fueron extinguiendo, reflotó la supremacía Farc.
Los primeros en ser diezmados, si no ando mal, fueron los del M19. Ellos optaron por una estrategia coherente de hacer política alternativa, y tras la muerte de su máximo líder, el samario Jaime Bateman, abrieron un boquete enorme al ordenamiento democrático de entonces. Por ese espacio lanzaron la candidatura presidencial del vallecaucano Carlos Pizarro, sucesor de Bateman, mientras Antonio Navarro levantaba carpas blancas para hablar de paz en todo el país. El M19 devinó, finalmente, en la Alianza Demócrata.
En el conjunto del proceso de confrontación, el EPL fue el siguiente en ser desmantelado. Recuerdo que en la universidad gritaban vivas a Libardo Mora Toro, pero siendo periodista recuerdo a Bernardo Gutiérrez, porque llegó a ser congresista, como también lo fue Iván Márquez (Luciano Marín) de las Farc, y la captura en 1994 de Francisco Caraballo, el máximo líder entonces, quien, por cierto, creo que ya salió de cárcel.
No debe entenderse que en un momento determinado terminara un proceso y en el minuto siguiente comenzara a ocurrir el siguiente hecho, pues todo esto fue entrelazándose, con cierta simultaneidad.
El ELN es el último reducto de la guerrilla beligerante y ruidosa, a veces más propagandística que combatiente. La vida colombiana, con estos actores armados en actividad, EPL, M19 y ELN, parecía ir más de prisa que ahora.
Creo que los orígenes del ELN son casi tan antiguos como los de las Farc. Comenzó por allá a comienzos de los años 60, al mando de los hermanos Vásquez Castaño. El más conocido fue Fabio, de quien se rumoró que se hizo multimillonario, y que se había ido a vivir en Cuba.
Fue un reinado largo el de Fabio Vásquez Castaño en el ELN, a quien le sucedió el sacerdote español Manuel Pérez, cuyo deceso se produjo en 1995, en las postrimerías del grupo armado.
Al ELN quiso unirse el cura Camilo Torres Restrepo, fundador de Sociología en la Universidad Nacional, pero murió en su primer combate, según se cuenta. La mitología habla de que el propio Fabio Vásquez Castaño, un déspota para algunos, le dijo que cada guerrillero debía ganarse su fusil en combate.
Entonces, cuando Camilo Torres fue a quitarle el fusil a un soldado muerto en el combate de Patio Cemento, en Santander, departamento de donde eran los Vásquez Castaño y el ELN se fortaleció al amparo del sindicalismo petrolero, recibió un disparo que lo mató.
Del ELN recuerdo a dos de sus destacados voceros y negociadores. Uno, llamado Erlinton Javier Chamorro, disertador magnífico en cátedras magistrales con voz de tenor, conocido como Antonio García, y el otro, pequeño como un niño y de decir suave y sonriente, Israel Ramírez, alias Pablo Beltrán.
La cuota de farándula se la ha puesto al ELN Gerardo Bermúdez, conocido como Francisco Galán, hoy en día un hombre con sobrepeso y largas barbas blancas, pero cuando se hizo conocido era un sujeto delgado con aspecto de ejecutivo.
Francisco Galán fue detenido consumiendo cocaína en una habitación de hotel, en Bogotá, conviviendo con otro hombre. Pero ya se sabe que es un duro negociador del ELN, y aquel episodio no empañó su vocería, que ha continuado desde la cárcel en Antioquia.
También es farándula la propuesta de la directora del Museo Nacional, Elvira Cuervo de Jaramillo, de abrirle espacio allí a la toalla sudorosa de Tirofijo.
Para esas calendas es que las Farc comienzan a descollar, y se sabe de ellas por las cantidad de cilindros de gas propano que se perdía de los distintos sitios de Colgas. Mismos cilindros de gas con que empezaron a fabricar un versátil artefacto entre bazuca gigante y cañón de guerra pequeño.
Los cilindros pequeños los llenaban de metralla, y eran como granadas o balas, disparadas con el tubo de los cilindros grandes de gas. Con esto atacaron, haciendo enorme daño en los cuarteles de policía, muchos pequeños y apartados pueblos colombianos.
Después se habló de que las Farc tenían más de una decena de alcaldes a su servicio, en sitios minúsculos de Putumayo, Caqueta, Guaviare, Guainía, Vichada, Casanare y Meta.
Para muchos, la estrategia de toma del poder mediante ese mecanismo de ganar alcaldías, era amenazante. Lo que después se supo es que ganaban las elecciones con sus alcaldes títeres, valiéndose de amenazas, robo de urnas y otras vilezas.
Las Farc, poco a poco se nos fueron haciendo familiares, con sus ataques alevosos a pueblitos remotos, sus jacarandosas pescas milagrosas en las carreteras de Colombia, su negocio del secuestro apoyadas en bandas de delincuentes profesionales, y como cuidadores y después procesadores y exportadores de cocaína.
Pero esto último es el negocio de los tiburones, de quienes se asegura que son multimillonarios, que sus hijos estudian en Europa y tiene al títere Tirofijo para darle el matiz subversivo a sus actos delincuenciales.
Muerto o no muerto Tirofijo ha sido el emblema de lo que no deja avanzar al país, del carcoma de nuestra cultura que ha querido incorporar la violencia a la visión del mundo, y de lo que es un guerrillero decadente, absorbido por la corruptela espiritual.
Detrás de este mascarón de proa que es el octogenario Tirofijo, que sirve para reivindicar glorias de otros tiempos en sus gestas campesinas, hace más de 40 años pero como si hubieran ocurrido el año pasado, están, vorazmente, Guillermo Sáenz Vargas (Alfonso Cano), Jorge Suárez Briceño (Mono Jojoy), Luis Edgar Devia Silva (el finado Raúl Reyes), Milton de Jesús Toncel Redondo (Joaquín Gómez), Henry Castellanos Garzón (Romaña), Jhon Diego Ruíz Escudero (Chómpiras), Luciano Marín Arango (Iván Márquez), y Rodrigo Londoño Echeverri (Timoteo Jiménez).
Todo este largo aprendizaje es el que tenemos que incorporar a la racionalidad y espiritualidad de nuestra historia, la patria y nuestra idiosincrasia colombiana.

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Los siete men sa jeros

Periodista de guerra, Dino Buzzati (1906–1972) trabajó toda su vida en el Corriere della Sera. Se dio a conocer a los 27 años con la novela Bárnabo de las montañas, y más tarde escribiría la que se considera su mejor obra, El desierto de los tártaros.
El cuento que sigue fue escrito en el año 42, y revela la posibilidad de convertir la vida en un absurdo, y en un absurdo soportable y real, tanto como poner en duda la realidad de la vida.

Los siete mensajeros
Habiendo salido a explorar el reino de mi padre, día a día voy alejándome de la ciudad y las noticias que me llegan son cada vez más raras.
Comencé el viaje cuando tenía poco más de treinta años y han pasado ya más de ocho años, seis meses y quince días de ininterrumpido camino.
Creía, en el momento de partir, que en pocas semanas habría alcanzado los confines del reino; por el contrario, seguí encontrando nuevas gentes y países y en todas partes hombres que hablaban mi mismo idioma y que decían ser mis súbitos. A veces pienso que la brújula de mi geógrafo se ha enloquecido y que, creyendo avanzar siempre hacia el sur, en realidad damos vueltas sobre nuestros propios pasos sin aumentar jamás la distancia que nos separa de la capital; esto podría explicar por qué no estamos ahora junto a la extrema frontera.
Pero más frecuentemente me atormenta la duda de que este confín no existía, que el reino se extienda sin límite alguno y que, por más que yo avance, jamás podré arribar a la frontera. Empecé el viaje cuando tenía más de treinta años, demasiado tarde, quizás.
Los amigos, los mismos familiares, se burlaban de mi proyecto, opinando que iba a despilfarrar los mejores años de mi vida. Pocos de mis leales, en realidad, aceptaron partir.
Si bien era algo descuidado –mucho más que ahora– me preocupé de poder comunicarme, durante el viaje, con mis seres queridos; entre los caballeros de la escolta elegí los siete mejores para que me sirvieran de mensajeros. Creí, ignorante de mí, que tener siete mensajeros era una verdadera exageración.
Con el transcurso del tiempo advertí, por el contrario, que eran ridículamente pocos, a pesar de que ninguno de ellos fue asaltado por los bandidos ni malogró su cabalgadura. Los siete me han servido con una tenacidad y una devoción que difícilmente podré recompensar.
Para distinguirlos con facilidad les puse nombres cuyas iniciales eran alfabéticamente progresivas: Alejandro, Benito, Carlos, Daniel, Eduardo, Federico, Gregorio.
Poco acostumbrado a estar lejos de mi casa, envié al primero, Alejandro, al caer la noche del segundo día de viaje, cuando habíamos recorrido ya unas ochenta leguas. A la noche siguiente, para asegurarme la continuidad de las comunicaciones, envié al segundo, después al tercero, después al cuarto, consecutivamente, hasta la octava tarde del viaje en que partió Gregorio. El primero todavía no había regresado.
Llegó la décima noche mientras acampábamos en un valle deshabitado. Supe por Alejandro que su rapidez había sido menor a la prevista; había pensado que, yendo separado y en un corcel inmejorable, podría recorrer en el mismo tiempo el doble de distancia que nosotros, pero no había recorrido el doble, sino sólo una vez y media; en una jornada, mientras nosotros avanzábamos cuarenta leguas, él avanzaba sesenta, pero no más.
Lo mismo pasó con los otros. Benito, que partió la tercera noche del viaje, retornó recién a la décima quinta; Carlos, que partió a la cuarta noche, nos alcanzó en la vigésima. Muy pronto comprendí que bastaba multiplicar por cinco los días que llevábamos viajando para saber cuándo volvería el mensajero.
Al alejarnos constantemente de la capital, el itinerario de los mensajeros se hacía cada vez más largo. Después de cincuenta días de camino el intervalo entre un arribo u otro comenzó a espaciarse sensiblemente; mientras antes veía llegar al campamento un mensajero cada cinco días, el intervalo llegó a hacerse de veinticinco días; la voz de mi ciudad, de esa manera, se volvía cada vez más apagada: pasábamos semanas enteras sin tener ninguna noticia.
Una vez que transcurrieron seis meses –ya habíamos atravesado los montes Fasani– el intervalo entre uno y otro arribo de los mensajeros aumentó a cuatro meses. Ahora ellos me traían noticias lejanas; el sobre me llegaba ajado, muchas veces con manchas de humedad, debido a las noches que el portador se había visto obligado a pasar al sereno.
Avanzábamos aún.
En vano buscaba persuadirme de que las nubes que se deslizaban rápidamente sobre mí eran iguales a las de mi niñez, que el cielo de la ciudad lejana no era diferente de la cúpula azul que tenía sobre mí, que el aire era el mismo, igual el soplo del viento, idénticas las voces de los pájaros. Las nubes, el cielo, el aire, los vientos, los pájaros se me aparecían en verdad, como cosas nuevas y diversas; y yo me sentía extranjero.
¡Adelante! ¡Adelante! Vagabundos encontrados por la llanura me decían que los confines no estaban lejos. Yo incitaba a mis hombres a no descansar, borraba las palabras descorazonadoras que se formaban sobre sus labios.
Ya habían pasado cuatro años de mi partida. ¡Qué larga fatiga! La capital, mi casa, mi padre, se habían vuelto extrañamente remotos, casi no me parecían reales. Ahora pasaban fácilmente veinte meses entre las sucesivas apariciones de los mensajeros. Me traían curiosas misivas amarillentas por el tiempo y en ella encontraba nombres olvidados, modos de decir insólitos para mí, sentimientos que no lograba comprender. A la mañana siguiente, después de una sola noche de reposo, mientras nosotros nos poníamos en camino, el mensajero partía en dirección opuesta, llevando a la ciudad las cartas que yo había preparado en ese mismo tiempo.
Pero ya han transcurrido ocho años y medio. Esta noche cenaba solo en mi tienda cuando entró Daniel, que aún lograba sonreír, aunque estaba muerto de cansancio. Hace casi siete años que no lo veía. Durante todo este período larguísimo no ha hecho más que correr, atravesando praderas, bosques y desiertos, cambiando quién sabe cuántas veces de cabalgadura, para traerme el paquete de sobres que hasta ahora no he tenido deseos de abrir. Ya se fue a dormir y volverá a partir mañana mismo, al amanecer.
Partirá por última vez. Consultando el calendario calculé que, aunque todo salga bien, yo continuando mi camino como lo he hecho hasta ahora y él el suyo, no podré volver a ver a Daniel hasta dentro de treinta y cuatro años. Entonces tendré setenta y dos.
Pero comienzo a sentirme cansado y es probable que me muera antes. No lo volveré a ver. Dentro de treinta y cuatro años (quizás antes, mucho antes) Daniel descubrirá, inesperadamente, los fuegos de mi campamento y se preguntará por qué nunca antes le resultó el trayecto tan corto.
Como esta noche, el buen mensajero entrará en mi tienda con las cartas amarillas, llenas de absurdas noticias de un tiempo ya sepultado; pero se detendrá en el umbral y me verá inmóvil tendido sobre el camastro, flanqueado por dos soldados con antorchas, muerto.
¡Anda, pues, Daniel, y no me digas que soy cruel! Lleva mi último saludo a la ciudad donde nací. Tú eres la última ligazón con el mundo que en un tiempo fue también mío.
Los mensajes recientes me han hecho saber que han cambiado muchas cosas, que mi padre ha muerto, que la corona pasó a mi hermano mayor, que me consideran perdido, que han construido altos palacios de piedra, allá, donde estaban las encinas a cuya sombra solíamos jugar. De cualquier manera, siempre seguirá siendo mi vieja patria. Tú eres la última atadura con ella, Daniel.
El quinto mensajero, Eduardo, que me alcanzará, si Dios quiere, dentro de un año y ocho meses, no podrá volver a partir porque no tendrá tiempo de regresar. Después de ti, el silencio, ¡oh, Dios mío!, a menos que encuentre los anhelados confines. Pero cuanto más avanzo, más me convenzo de que no existe frontera. No existe, sospecho, frontera alguna, por lo menos en el sentido que habitualmente le damos. No hay muralla de separación, ni ríos divisorios, ni montañas que cierran el paso. Probablemente atravesaré el límite sin ni siquiera advertirlo e, ignorante de mí, continuaré mi camino. Por eso he decidido que cuando Eduardo y los demás mensajeros, después de él, me alcancen nuevamente, en vez de volver a tomar el camino de la capital, se me adelante, para que yo pueda saber con anterioridad lo que me espera.
Desde hace un tiempo una ansiedad inusitada se apodera de mí por las noches y ya no se trata de la añoranza de las alegrías pasadas, como en los primeros tiempos del viaje; más bien es la impaciencia de conocer la tierra ignota a la que me dirijo.
Advierto –y no se lo he confiado hasta ahora a nadie– cómo de día en día, a medida que avanzo hacia la improbable meta, el cielo irradia una luz insólita como jamás había visto, ni siquiera en sueños. Ha quedado definitivamente atrás el último cielo azul.
Las plantas, los montes, los ríos que atravesamos, parecen hechos de una esencia diferente de lo ya conocido y el aire me acerca presagios que no sé transmitir.
Una nueva esperanza me llevará mañana por la mañana aun más adelante, en dirección a aquella montaña inexplorada que ahora ocultan las sombras de la noche. Una vez más levantaré el campamento, y Daniel desaparecerá en el horizonte en dirección opuesta, para llevar a la ciudad remota mi inútil mensaje.

 

Los dos hemisferios de la inteligencia

Al releer y reflexionar en la información de las Las 100 mentes top del planeta me resulta evidente que vivimos en dos mundos, dos hemisferios a semejanza del cerebro.
Uno, el que reseñan las revistas Foreign Policy y Prospect mediante la escogencia de los 100 intelectuales más influyentes del mundo. Este hemisferio es “el de ellos”.
El otro es el nuestro.
El nuestro queda patente en la posibilidad que las revistas abren para que la gente seleccione 20 intelectuales más, que pudieran estar en la lista de 100 pero no cupieron porque la lista quedó completa.
Algo así como el “horario extendido” de algunas entidades e instituciones.
Es solamente repasar los 100 primeros nombres, y notar lo poco que conocemos a esas personas.
Claro, excepciones hechas, como Noam Chomsky, Umberto Eco, Václav Havel, Jürgen Haberlas, Salman Rushdie, Hernando de Soto, Benedict XVI, Francis Fukuyama, Mario Vargas Llosa, Fernando H. Cardoso, J.M. Coetzee, Antonio Negri, Orhan Pamuk, Amos Oz, Wole Soyinka, Gao Xingjian, Enrique Krauze y Shintaro Ishihara.
Pero estoy mencionando solo un puñado de personalidades, y el resto no se conocen suficientemente.
De hecho, en el otro hemisferio, el que no es el nuestro, son tan reconocidos que fueron escogidos como los más influyentes en este período de la historia planetaria.
En cambio, cuando abordamos la lista adicionada, los 20 que debieron haber estado en la primera lista pero no cupieron, nos sentimos más en casa.
Veámosla otra vez:
–Milton Friedman
–Stephen Hawking
–Arundati Roy
–Howard Zinn
–Bill Clinton
–Joseph Stiglitz
–Johan Norberg
–Dalai Lama
–Thomas Sowell
–Cornell West
–Nelson Mandela
–Gore Vidal
–Mohammad Khatami
–John Ralston Saul
–George Monbiot
–Judith Butler
–Victor Davis Hanson
–Gabriel García Márquez
–Bono
–Harold Bloom
No necesitamos ser eruditos para reconocer varios de estos nombres: Milton Friedman, Stephen Hawking, Bill Clinton, Joseph Stiglitz, Dalai Lama, Nelson Mandela, Gore Vidal, Gabriel García Márquez, Bono y Harold Bloom.
Estos nombres son de personas que encontramos muy familiar, como Bill Clinton, Bono y Gabriel García Márquez. También el Dalai Lama y Nelson Mandela. Familiares son, además, Stephen Hawking y Milton Friedman.
¡Son de nuestro hemisferio!
¿Pero es bueno, o mejor, ser de “este” hemisferio, o mejor ser del “otro”?
No sabría responder. Sin embargo, no me cabe duda que son los del otro hemisferio, ese que no es el nuestro, los que imponen sus ideas.
Curiosamente, el país que más mentes brillantes tiene es United State of América (USA). Es decir, el cerebro del mundo está gobernado por el hemisferio que no nos resulta familiar. Y, quizás, nuestro hemisferio, para aquel, sea ignorado

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Posted by marcas_c in 08:49:27 | Permalink | No Comments »

Las 100 mentes top del plan eta

Las revistas Foreign Policy y Prospect indagaron por saber quiénes son los 100 intelectuales más reconocidos y, en consecuencia, influyentes del mundo entero.
Con seguridad, no todos estarán de acuerdo con la totalidad de los que figuran, y siempre faltará alguien. Pero ya sabemos que esta deformación es una característica de todas las selecciones.
Anticipo, sí, mi ignorancia sobre muchos de los escogidos.
Mira tú, si crees que falta alguien que a tu juicio pudiera estar incluido(a), y observa quién crees que, aún con todos sus méritos, no debería estar en el grupo.
Mira a ver a quiénes no conoces, a quiénes has oído mencionar, a quiénes vale la pena conocer.
Mira, si son realmente, a tu juicio, quienes orientan el pensamiento de la Humanidad en este momento los que conforman la lista privilegiada.
Helos aquí, en orden según el número de votos obtenidos:
1- Noam Chomsky / linguist, author, Activist/ United States
2- Umberto Eco / Medievalist, novelist / Italy
3- Richard Dawkins / Biologist, polemicist / Britain
4- Václav Havel / Playwright, statesman / Czech Republic
5- Christopher Hitchens / Polemicist / United States, Britain
6- Paul Krugman / Economist, columnist /United States
7- Jürgen Habermas / Philosopher / Germany
8- Amartya Sen / Economist / India
9- Jared Diamond / Biologist, physiologist, Historian / United States
10- Salman Rushdie / Novelist, political Commentator / Britain, India
11- Naomi Klein / Journalist, author / Canada
12- Shirin Ebadi / Lawyer, human rights activist / Iran
13- Hernando de Soto / Economist / Peru
14- Bjørn Lomborg / Evironmentalist / Denmark
15- Abdolkarim Soroush / Religious theorist / Iran
16- Thomas Friedman / Journalist, author / United States
17- Pope Benedict XVI / Religious leader / Germany, Vatican
18- Eric Hobsbawm / Historian / Britain
19- Paul Wolfowitz / Policymaker, academic / United States
20- Camille Paglia / Social critic, author / United States
21- Francis Fukuyama / Political scientist, author / United States
22- Jean Baudrillard / Sociologist, cultural critic / France
23- Slavoj Zizek / Sociologist, philosopher / Slovenia
24- Daniel Dennett / Philosopher / United States
25- Freeman Dyson / Physicist / United States
26- Steven Pinker / Experimental psychologist / Canada, United States
27- Jeffrey Sachs / Economist / United States
28- Samuel Huntington / Political scientist / United States
29- Mario Vargas Llosa / Novelist, politician / Peru
30- Ali al-Sistani / Cleric / Iran, Iraq
31- E.O. Wilson / Biologist / United States
32- Richard Posner / Judge, scholar, author / United States
33- Peter Singer / Philosopher / Australia
34- Bernard Lewis / Historian / Britain, United States
35- Fareed Zakaria / Journalist, author / United States
36- Gary Becker / Economist / United States
37- Michael Ignatieff / Writer, human rights theorist/ Canada
38- Chinua Achebe / Novelist / Nigeria
39- Anthony Giddens / Sociologist / Britain
40- Lawrence Lessig / Legal scholar / United States
41- Richard Rorty / Philosopher / United States
42- Jagdish Bhagwati / Economist / India, United States
43- Fernando H. Cardoso / Sociologist, former president/ Brazil
44- J.M. Coetzee / Novelist / South Africa
45- Niall Ferguson / Historian / Britain
46- Ayaan Hirsi Ali / Politician / Somalia, Netherlands
47- Steven Weinberg / Physicist / United States
48- Julia Kristeva / Philosopher / France
49- Germaine Greer / Writer, academic / Australia, Britain
50- Antonio Negri / Philosopher, activist / Italy
51- Rem Koolhaas / Architect / Netherlands
52- Timothy Garton Ash / Historian / Britain
53- Martha Nussbaum / Philosopher / United States
54- Orhan Pamuk / Novelist / Turkey
55- Clifford Geertz / Anthropologist / United States
56- Yusuf al-Qaradawi / Cleric / Egypt, Qatar
57- Henry Louis Gates Jr./ Scholar, cultural critic / United States
58- Tariq Ramadan / Scholar of Islam / Switzerland
59- Amos Oz / Novelist / Israel
60- Larry Summers / Economist, academic / United States
61- Hans Küng / Theologian / Switzerland
62- Robert Kagan / Author, political commentator/ United States
63- Paul Kennedy / Historian / Britain, United States
64- Daniel Kahneman / Psychologist / Israel, United States
65- Sari Nusseibeh / Diplomat, philosopher / Palestine
66- Wole Soyinka / Playwright, activist / Nigeria
67- Kemal Dervis / Economist / Turkey
68- Michael Walzer / Political theorist / United States
69- Gao Xingjian / Novelist, playwright / China
70- Howard Gardner / Psychologist / United States
71- James Lovelock / Scientist /Britain
72- Robert Hughes / Art critic / Australia
73- Ali Mazrui / Political scientist / Kenya
74- Craig Venter / Biologist, businessman / United States
75- Martin Rees / Astrophysicist / Britain
76- James Q. Wilson / Criminologist / United States
77- Robert Putnam / Political scientist / United States
78- Peter Sloterdijk / Philosopher / Germany
79- Sergei Karaganov / Foreign-policy analyst / Russia
80- Sunita Narain / Environmentalist / India
81- Alain Finkielkraut / Essayist, philosopher / France
82- Fan Gang / Economist / China
83- Florence Wambugu / Plant Pathologist / Kenya
84- Gilles Kepel / Scholar of Islam / France
85- Enrique Krauze / Historian / Mexico
86- Ha Jin / Novelist / China
87- Neil Gershenfeld / Physicist, computer scientist / United States
88- Paul Ekman / Psychologist / United States
89- Jaron Lanier / Virtual reality pioneer / United States
90- Gordon Conway / Agricultural ecologist / Britain
91- Pavol Demes / Political analyst / Slovakia
92- Elaine Scarry / Literary theorist / United States
93- Robert Cooper / Diplomat, writer / Britain
94- Harold Varmus / Medical scientist / United States
95- Pramoedya Ananta Toer / Writer, dissident / Indonesia
96- Zheng Bijian / Political scientist / China
97- Kenichi Ohmae / Management theorist / Japan
98- Wang Jisi / Foreign-policy analyst / China
99- Kishore Mahbubani / Author, diplomat / Singapore
100- Shintaro Ishihara / Politician, author / Japan
Las revistas consideraron, también, la posibilidad de que más de cien fueran las mentes brillantes del planeta, y la posibilidad de ampliar la lista con 20 prospectos más, que se reseñan, en orden descendente de votos, a continuación. Mira tú:
1- Milton Friedman
2- Stephen Hawking
3- Arundati Roy
4- Howard Zinn
5- Bill Clinton
6- Joseph Stiglitz
7- Johan Norberg
8- Dalai Lama
9- Thomas Sowell
10- Cornell West
11- Nelson Mandela
12- Gore Vidal
13- Mohammad Khatami
14- John Ralston Saul
15- George Monbiot
16- Judth Butler
17- Victor Davis Hanson
18- Gabriel García Márquez
19- Bono
20- Harold Bloom

¿A qué estamos asistiendo?

Hay muchas suspicacias en la relación de las personas. Y se enconan cuando la relación es entre el Gobierno y los gobernados. Éstos no suelen dar por honestas y desprevenidas las actuaciones de aquel.
Quizás los muchos engaños, las muchas mentiras y la mucha incompetencia de muchos gobernantes han creado ese espíritu alerta de las personas.
En Colombia, por ejemplo, durante muchos meses se insistió en que el Gobierno lo era merced al apoyo de los llamados paramilitares. Se insistió en que el Gobierno mismo era paramilitar.
El Gobierno decidió darle cacería a los jefes paramilitares y encauzar a los políticos y funcionarios vinculados con los grupos paramilitares.
Entonces se dijo que eso era una farsa.
Los altos mandos paramilitares fueron puestos tras las rejas, en desarrollo de la que se consideraba farsa.
Ahora, el Gobierno decide conceder las solicitudes hechas por los Estados Unidos para lograr la extradición de esos altos mandos paramilitares.
Porque una característica de los grupos ilegales, los llamados paramilitares y los llamados guerrilleros, es que apelan al narcotráfico como una manera de financiar sus actividades, y el tráfico de narcóticos suele ser hacia Estados Unidos.
El Gobierno, pues, concede las extradiciones de los altos paramilitares, como el de Salvatore Mancuso.
Entonces se dice que esto es parte de la farsa.
¿Y si el Gobierno está actuando honestamente? ¿Y si, de verdad, no hay relación entre el Gobierno y los paramilitares? Me refiero a que puede haber relaciones con personas pero no con el Gobierno.
Y si es honesta la acción del Gobierno, ¿quizás estamos asistiendo a la condena a muerte del presidente Álvaro Uribe, a manos de los paramilitares?
¿Podemos saber que, antes o después, pronto o más tarde, el ciudadano Álvaro Uribe morirá por sentencia de los paramilitares? ¿Por sentencia a causa de traición? ¿O por sentencia, a causa de que los paramilitares consideran que a los enemigos hay que asesinarlos?
¿A qué podemos estar asistiendo?
(La graciosa, espectacular foto me la envió Espe)

Posted by marcas_c in 08:48:23 | Permalink | No Comments »

El 1% es en real idad el 100%

El hombre, siempre grandilocuente, pretencioso, seguro en su pequeñez de ser el centro del universo, y el agujero negro de la vida, un día, desazonado sin Dios, quiso saber “cómo estaba hecho”, y se lanzó a explorar el ADN.
El ADN (Ácido DesoxirriboNucléico) es una molécula de doble cadena, con forma de escalera retorcida, que está formada por compuestos químicos llamados nucleótidos, los cuales se entrelazan.
Cada nucleótido consta de tres partes:
A-un azúcar, llamado desoxirribosa
B-un compuesto de fósforo y
C-una de cuatro posibles bases:
1)adenina
2)timina
3)guanina o
4)citosina.
La adenina se enlaza siempre con la timina, y la guanina siempre con la citosina. Sin embargo, el orden que ocupen las bases adenina, timina, guanina y citosina forman el código genético, el genoma.
Se esperaba, entonces, que el genoma humano tuviera entre 50.000 y 100.000 genes.
No podía ser de otra manera, sino abundante su composición, tratándose del centro del universo y la vida.
Pero, como siempre, se equivocó.
Al final, el hombre descubrió que no era tan especial, ni tan complejo, como creía.
La motivación de esa exploración, que se llamó el Proyecto Genoma Humano, buscaba, básicamente:
1-identificar todos los genes del núcleo de la célula humana
2-establecer el lugar que los genes ocupan en los cromosomas del núcleo y
3-determinar, mediante secuenciación, la información genética codificada por el orden de las subunidades químicas de ADN.
La utopía era, pues, “la prevención de numerosas enfermedades humanas, ya que se penetrará en los fenómenos bioquímicos básicos que las sustentan”.
Esta curiosidad científica, ultra revolucionaria hace 15 años, devino en costos superiores a los 4.000 millones de dólares, que bien valieron la pena.
Pero la grandilocuencia humana quedó reducida a su expresión real: el hombre tiene menos de 10.000 genes.
El hombre tiene porcentajes variables de genes semejantes a los demás animales. En algunos casos, como con los simios, el porcentaje es de más del 90%.
Esto no quiere decir que seamos “primos” o “hermanos” de los simios, porque es, justamente ese 10%, el que hace el 100% de la diferencia.
Es casi como si el porcentaje de las semejanzas no tuviera ninguna importancia.
Tanto así, que hay, por ejemplo, un gen, cuya ausencia en la cadena ADN provoca enfermedad. Pero si la carencia es heredada desde el padre, produce una enfermedad X, y si la carencia es heredada desde la madre, produce una enfermedad Y.
O sea, un solo gen, un porcentaje infinitamente minúsculo, hace la diferencia total entre estar enfermo y no estarlo.
Y ese único gen, también hace la diferencia de la enfermedad, si proviene del padre o de la madre.
Una vez más, el 1% de la diferencia es, en realidad, el 100% de la diferencia.

¡Bendito sea el ornitorrinco!

La prestigiosa revista científica Nature acaba de publicar los resultados de un estudio del director del Centro del Genoma en la Universidad Washington de Saint Louis, Rick Wilson, en el que da cuenta de la secuencia genética del ornitorrinco.
“Ves genes que parecen de reptil, genes que son como los de los pájaros, y otros que asemejan a los mamíferos. Es una imagen alucinante”, dice Rick Wilson en la publicación.
Esa cinta genética permitiría saber más sobre la función y la evolución de los genomas de los mamíferos.
El ornitorrinco no es un nutria con pico y patas de ave, sino un mamífero que produce leche, su cuerpo está cubierto de pelo y tiene patas de ave, o de reptil. Los machos tienen un espolón venenoso en las extremidades traseras, como algunos reptiles.
“El genoma del ornitorrinco es el eslabón perdido en nuestra comprensión de cómo evolucionamos nosotros y otros mamíferos”, dijo Chris Ponting, de la Universidad de Oxford.
Añadió Chris Ponting: “Este es un billete atrás en el tiempo, cuando todos los mamíferos ponían huevos y amamantaban a sus crías con leche”.
¡Todos los mamíferos ponían huevos!
¡Oh!
Lo cual significa una posibilidad de comprensión de la biología y la evolución de los mamíferos.
Ya imagino, pues, a los mismos desavisados que endiosaron al turístico Charles Darwin, batiendo palmas ahora porque, al parecer, ya no son los simios nuestros “hermanos” de la “evolución”, ¡sino los ornitorrincos!
Y parodiando el poema de Jorge Luis Borges, por una rendija los observa Dios.

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En busca de la fe licidad

Buscando en el dial de la radio del auto una cualquiera emisora para escuchar me encontré con que transmitían el poema de Max Erhmann que me encantó la primera vez que lo oí ahora no recuerdo cuántos años hace.
Aprovecho la disculpa del día dedicado socialmente a las progenitoras de todos para homenajearlas aunque ya no estén algunas de ellas entre nosotros como la mía que tanto quiero aún reseñando esa búsqueda de la felicidad, o desiderata:
Camina plácido entre el ruido y la prisa
y piensa en la paz que se puede encontrar en el silencio.
En cuanto sea posible y sin rendirte,
mantén buenas relaciones con todas las personas.
Enuncia tu verdad de una manera serena y clara
y escucha a los demás, incluso al torpe e ignorante,
también ellos tienen su propia historia.
Esquiva a las personas ruidosas y agresivas,
ya que son un fastidio para el espíritu.
Si te comparas con los demás, te volverás vano y amargado,
pues siempre habrá personas más grandes y más pequeñas que tú.
Disfruta de tus éxitos lo mismo que de tus planes.
Mantén el interés en tu propia carrera
por humilde que sea, ella es un verdadero tesoro
en el fortuito cambiar de los tiempos.
Sé cauto en tus negocios
pues el mundo está lleno de engaños,
mas no dejes que esto te vuelva ciego para la virtud que existe.
Hay muchas personas que se esfuerzan por alcanzar nobles ideales.
La vida esta llena de heroísmo.
Sé sincero contigo mismo, en especial no finjas el afecto
y no seas cínico en el amor,
pues en medio de todas las arideces y desengaños,
es perenne como la hierba.
Acata dócilmente el consejo de los años
abandonando con donaire las cosas de la juventud.
Cultiva la firmeza del espíritu,
para que te proteja en las adversidades repentinas.
Muchos temores nacen de la fatiga y la soledad.
Sobre una sana disciplina, se benigno contigo mismo.
Tú eres una criatura del universo,
no menos que las plantas y las estrellas,
tienes derecho a existir.
Y sea que te resulte claro o no,
indudablemente el universo marcha como debiera.
Por eso debes estar en paz con Dios
cualquiera que sea tu idea de El.
Y sean cualesquiera tus trabajos y aspiraciones,
conserva la paz con tu alma
en la bulliciosa confusión de la vida.
Aún con toda su farsa, penalidades y sueños fallidos,
el mundo es todavía hermoso.
Sé cauto.
¡Esfuérzate por ser feliz!

 

¿Quién? ¿Yo? No, tú, el número uno

Imagina la escena: Gabriel García Márquez, como su personaje de Cien años de soledad, desvariando bajo un castaño, y Darío Arizmendi, sonriente, gozón, con la boca hecha agua al prever las consecuencias de aquella revelación.
José Arcadio Buendía contándole al periodista que ya no habría de ser el alquimista de las hicoteas y pececillos de oro sino el autor de otra novela de amor.
Ya senil, Gabriel García Márquez tiene traspapelados los pensamientos, la realidad y la ficción, ensopado en las marismas del realismo mágico su índice tembloroso, apuntando al éter, habría hecho la revelación.
Y Darío, atusándose los bigotes, daría la noticia al mundo: viejo y cansado, malo para la pluma –con la que habría de escribir páginas prodigiosas como muchos de sus cuentos y El coronel no tiene quién le escriba–, el maestro tendría guardado, en cualquier parte, la manuscrita novela de amor.
–¿No me habla de El amor en los tiempos del cólera?
–¿Cuáles tiempos?
–Los del cólera.
–¿Ah? Nooo.
–¿Otra?
–¿Otra, qué?
–Otra novela, Gabo.
–¿Sí?
–Tú me lo dices.
–¿Yo?
–Sí, maestro. Tú. El maestro.
–Ah, sí, yo, yo, yo. El mejor. El Nobel. Yo.
Pero no era de Gabriel García Márquez guardarse un texto: él escribía, pulía y publicaba. Ni siquiera dejaba reposar los textos algunas semanas o meses, como recomiendan algunos.
Él no dejaba enfriar el pan. Lo vendía de inmediato

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